
Parlantes, clases de gimnasia con música y gritos de entrenador. La plaza, ese lugar al que muchos iban a buscar tranquilidad, se volvió otro escenario de disputa por el sonido
Un grupo quiere escuchar música con un parlante. Otro quiere conversar. Alguien fue a leer. Una familia llevó a sus hijos a los juegos. Una persona mayor busca un banco a la sombra y un poco de tranquilidad. Todos están en el mismo lugar, al mismo tiempo, y todos tienen el mismo derecho a estar ahí.
La pregunta es cómo se decide qué usos son compatibles y cuáles terminan afectando a los demás. Y, de paso, en qué momento dejamos de escuchar a los pájaros.
El paisaje sonoro
En los años 70, el compositor canadiense R. Murray Schafer acuñó un concepto que hoy usan urbanistas y biólogos: el paisaje sonoro. La idea es simple: así como un lugar tiene un paisaje que se ve, también tiene uno que se escucha. Y ese paisaje dice mucho sobre cómo se vive en él.
El de una plaza tendría que estar hecho de voces, chicos jugando, hojas, viento y pájaros. Cada vez más, en cambio, lo dominan el tránsito de las avenidas, los parlantes portátiles y la música a todo volumen.
Lo que le pasa a los pájaros
Los pájaros también lo sufren, y se adaptan como pueden. En 2003, un estudio publicado en la revista Nature mostró que los carboneros de la ciudad holandesa de Leiden cantaban en tonos más agudos en las zonas más ruidosas, para que su canto no quedara tapado por el ruido grave del tránsito.
La pandemia ofreció un experimento natural. Durante el confinamiento de 2020, el ruido en San Francisco bajó a niveles que no se registraban desde hacía medio siglo. Los gorriones de la zona, según un estudio publicado en Science, empezaron a cantar más bajo y con un canto más rico, porque ya no tenían que competir con el tránsito. En muchas ciudades del mundo, también
en Buenos Aires, la gente aseguraba escuchar pájaros que antes no oía. No habían llegado: siempre estuvieron ahí.
Las clases que llegaron con la pandemia
La pandemia dejó otra herencia en las plazas. En 2020, con los gimnasios cerrados, el entrenamiento al aire libre se volvió una solución lógica: grupos con colchonetas, conos y pesas ocuparon parques y plazas de todo el país.
Los gimnasios reabrieron hace años. Las clases, en muchas plazas, siguieron. Hoy es común ver a un entrenador con un parlante, a veces con micrófono, marcando el ritmo a un grupo de alumnos que paga una cuota mensual. Un gimnasio paga alquiler, servicios, habilitación e impuestos. En la plaza, el espacio, la sombra y el pasto los pone la ciudad. Y la música, en ese caso, la escuchan todos, hayan pagado o no.
Cabe preguntarse cuántas de esas actividades tienen permiso para usar el espacio público, si pagan algún canon por hacerlo y quién controla que la clase no ocupe el lugar que otros vecinos usaban para otra cosa.
Qué dicen las reglas
En la Ciudad de Buenos Aires, la Ley 1540 de contaminación acústica regula los ruidos en la vía pública, y los parques y plazas tienen reglamentos de uso. Pero en la práctica, el control casi no existe: nadie mide los decibeles de un parlante un domingo a la tarde, y pedir que bajen el volumen suele terminar en una mala mirada o en una discusión.
Otros lugares decidieron ponerle reglas claras. En España, varios municipios costeros multan con hasta 750 euros a quienes usan parlantes portátiles a alto volumen en la playa, con la idea de que el espacio de todos no puede tener la banda sonora de uno solo.
Cómo medir el ruido de una plaza
Para saber cuánto ruido hay en una plaza no alcanza con la impresión personal. Lo ideal es registrar el paisaje sonoro de distintas plazas, en diferentes días y horarios, y medir los niveles con instrumentos adecuados.
Las aplicaciones de celular que miden decibeles sirven para tener una idea aproximada, pero una medición orientativa con un teléfono no equivale a una evaluación acústica oficial, que requiere equipos calibrados y personal especializado.
Un acuerdo para todos
La plaza es, por definición, de todos. Ahí está su riqueza y también su conflicto. Si el espacio público permite cualquier comportamiento, el que más ruido hace termina decidiendo cómo lo usan los demás.
La pregunta de fondo es si la plaza tiene que aceptarlo todo o si necesita acuerdos para que todos puedan disfrutarla: el que quiere música, el que quiere entrenar, el que quiere jugar y el que solo quiere sentarse a escuchar a los pájaros










